Dr. Bruce Owen
Adaptado de Contisuyo: Memoria de las Culturas del Sur, Asociación Contisuyo, Moquegua, Perú, 1997
Nota en 2004: Este artículo refleja el estado de conocimiento en 1997, y no ha sidio actualizado a coincidir con investigaciones mas recientes.
El valle de Moquegua tiene un rico y variado pasado que se remonta a por lo menos doce mil años. En distintos momentos, Moquegua ha sido un cruce de caminos y una frontera, una provincia pujante y un tranquilo refugio, un mosaico de ciudades fortificadas y una mezcla armoniosa de pueblos dispares que compartieron pacíficamente el territorio del valle. Estirado desde las frías alturas de la puna hasta el valle verde de la costa y los pequeños oasis salpicados por la orilla desiértica del mar, el valle de Moquegua es un microcosmos del mundo andino.

El paisaje
La cuenca de Moquegua comprende varios segmentos aptos para la ocupación humana. En la costa, al norte y sur de Ilo, los manantiales a lo largo de la playa proveyeron agua potable, y la vegetación que depende de las neblinas de las lomas, proveyó recursos para la caza y el pastoreo. El segmento costero del valle constituye una estrecha franja de tierra agrícola que se extiende desde la desembocadura del río hasta unos 25 kilómetros tierra adentro, formando el piso de un cañón profundo de empinadas laderas. Los siguientes 25 kilómetros hacia los Andes son áridos y pasan por a una quebrada seca y rocosa que ofrece pocas oportunidades para la ocupación humana. Luego, el valle medio se abre para formar una larga y ancha franja de tierra agrícola que se amplía al acercarse a Moquegua, donde se encuentra la zona más productiva de la cuenca. Más allá de Moquegua se encuentra varias cuencas tributarias superiores, de mayor altitud, cortados en terrenos abruptos y empinados, donde la mayor parte de la tierra de cultivo ha sido acondicionada en las terrazas de las faldas de los cerros que se riegan mediante extensos canales. Por encima de los 3,800 metros de altura, el frío y la atmósfera enrarecida hacen prácticamente imposible la agricultura. No obstante, en la sierra alta todavía se encuentra animales de caza y plantas silvestres aptas para la alimentación. A mayor altura aún, la puna y el altiplano constituyen ricos terrenos de caza y pastoreo para quienes dominan la inclemencia del clima.
Durante los últimos doce mil años, estas divisiones naturales han tenido un impacto considerable sobre dónde y cómo vivían la gente de la cuenca de Moquegua. Estas diferencias en altitud, topografía y clima determinaron también diferencias culturales en la historia de sus pueblos.
Los primeros habitantes
Los primeros habitantes probablemente llegaron al América del Sur hace unos 15,000 años al concluir la última edad de Hielo. Lo más probable es que hayan evitado cruzar las áreas nevadas, optando por desplazarse hacia el sur a lo largo de la costa, dedicándose a la pesca, recolección y caza de presas no acostumbradas a la presencia de depredadores humanos. Con certeza llegaron al sur de Chile hace más de 14,700 años. Desafortunadamente, a medida que se derretía la capa de hielo que cubría mucho del planeta, quedó sumergida bajo las aguas casi toda la evidencia de la presencia de los primeros inmigrantes en las zonas costeras.
En un descubrimiento espectacular reciente, Dr. Michael Moseley, Dra. Susan deFrance, and Dr. David Keefer encontraron que hace hasta 12,700 años, un grupo móvil pequeño cazó y cocinó aves en las lomas verdes por la Quebrada Tacahuay, al sur de Ilo, y se supone en otros lugares semejantes. Eso hubiera sido parte de las actividades de caza y recolección de gente que debe haber explotado las peces y mariscos de la costa, así como los recursos de más tierra adentro, también. Ya hace unos 11,300 años, gente acampaban en el sitio denominado Anillo en la costa al sur de Ilo. Entonces las montañas empezaban a ser habitables y estas bandas móviles probablemente se trasladaban en cada estación de la costa, por los valles fluviales subiendo los Andes, hasta la sierra alta, para luego descender de nuevo a la orilla del mar. A su paso, cazaban y recolectaban plantas silvestres comestibles. Hace unos 8800 años se habían diferenciado en dos tipos de grupos: los que vivían en los valles intermedios y la sierra alta, y los que ocupaban las zonas costeras. En lo esencial, esta diferenciación entre grupos costeros y de la sierra se ha mantenido a lo largo hasta tiempos históricos.
Los primeros moradores de la sierra
Inicialmente la sierra fue poblada por pequeños grupos familiares de gran movilidad, dedicados a la caza de animales silvestres y la recolección de plantas, en la zona comprendida entre la línea costera y el borde del altiplano. Uno de sus campamentos se encontraba en el sitio serrano de Asana, que ha sido investigado por el Dr. Mark Aldenderfer. Asana era un lugar agradable de terreno plano, cercano a un bofedal pantanoso que al lado de uno de los ríos que fluyen hacia Moquegua. Ya desde hace unos 10,500 años estos grupos acudían a Asana para la caza del guanaco, la vicuña y ciervos que poblaban los pastizales de las inmediaciones. Los cazadores construyeron chozas redondas de palos, posiblemente revestidas con pieles, para alojarse durante sus visitas breves.
Con el transcurso del tiempo, los grupos de visitantes fueron creciendo y quedándose por períodos más prolongados, quizás hasta unos tres o cuatro meses seguidos. Probablemente procedían de campamentos más estables ubicados en las zonas de menor altitud cerca del valle de Moquegua, o tal vez de lugares cercanos al borde de los pastizales de la puna. En Asana hay evidencia de la ocupación simultánea de hasta ocho viviendas, lo que sugiere que, probablemente, varias familias vivían juntas en el lugar.
También hace ya unos 8,800 años los habitantes de la sierra empezaron a usar las cuevas como puestos de vigilancia, refugios temporales y galerías donde dejaron muestras pictóricas de sus presas e incursiones de caza, aunque la estrechez del espacio y la lejanía a las fuentes de agua hacía que la mayor parte de las cuevas fuesen poco apropiadas para grupos numerosos o estadas prolongadas. Un caso bien conocido es el de la cueva de Toquepala, en la sierra entre Moquegua y el valle de Locumba, más al sur. Los ocupantes de la cueva de Toquepala decoraron los muros usando tintes minerales en colores blanco, rojo y verde con escenas en las que aparecen algunos animales (probablemente guanacos, vicuñas y ciervos) y cazadores humanos.
Hace unos 5,000 años comenzó a aumentar la densidad demográfica de la sierra y el altiplano, y los ocupantes permanentes de Asana perdieron acceso a las zonas de caza de la puna. Al reducirse su territorio, limitaraban su movilidad, empezaraban a construir casas más grandes, y cambiaban sus hábitos de consumo desde la caza hacia más recolección y molienda de semillas silvestres, que incluía una variedad de quinua.
Aproximadamente por la misma época, los pobladores de la sierra empezaron a dejar indicaciones de una vida social y ceremonial más compleja. Un ejemplo de ello fue encontrada en la cueva de El Panteón, donde se enterró a un niño ataviado con un collar de cuentas de piedra y conchas marinas. Hace unos 4,800 años la gente viviendo en Asana construyeron lo que podría haber sido un área para danzas ceremoniales con piso de arcilla blanca, de mayores dimensiones que las casas circundantes y rodeada de un cerco de palos y vegetación. Se trata de la estructura ceremonial más antigua que se conozca en esta parte de los Andes. Las estructuras ceremoniales posteriores encontradas en Asana eran de mayor dimensión y contaban, en muchos casos, con fogones ovales probablemente usados para realizar ofrendas similares a los que siguen empleando los pueblos Aymara contemporáneos. En contraste con las áreas públicas abiertas de períodos anteriores, estas estructuras estaban divididas mediante paredes y presentan plataformas cruciformes de arcilla blanca y piedra escarchada, como si hubieran sido altares en cuartos cerrados, con acceso sólo para reducidos grupos.
Hace unos 4,400 años el modo de vida volvió a cambiar cuando se redujo la recolección de frutos en favor del pastoreo. A partir de entonces no se construyeron más estructuras ceremoniales en Asana. Durante varios siglos siguieron llevando sus rebaños a pastar en Asana, refugiándose en pequeñas chozas provisionales no muy diferentes de las que siguen usando los pastores contemporáneos. Finalmente Asana fue abandonada por completo hace 4,000 años.
Pescadores tempranos de la costa
El sitio más antiguo conocido donde gente se asentaron por lo menos semi-permanentemente se llama el Sitio Anillo, ubicado en la Pampa de Palo, al sur de Ilo, fechado hace alrededor de 11,300 años. El lugar recibe su denominación debido a un montículo de conchas en forma de anillo construido intencionalmente mucho después de la ocupación inicial del lugar. Aunque sus habitantes si comieron aves marinas, animales terrestres y vegetales, las investigaciones del Dr. James Richardson y el Dr. Daniel Sandweiss muestran que los habitantes iniciales de Anillo parecen haberse alimentado principalmente de los tipos de pescados que se pesca con cordeles y anzuelos, y de los mariscos que recogían en la playa y entre las piedras de las orillas.
Hace unos 8,000 años los pescadores de la costa, desde Ilo hasta el norte de Chile, desarrollaron la costumbre de momificar artificialmente a sus muertos y enterrarlos en áreas especialmente designadas para tal fin. Las primeras de estas momias "Chinchorros" son los cuerpos momificados más antiguos del mundo, miles de años más antiguos que las primeras momias egipcias y testigos de una tradición que perduró y siguió viva hasta hace aproximadamente 3,000 años. Los cadáveres que recibieron el tratamiento más sofisticado tienen armazones internos, rellenos de fibras vegetales y máscaras de arcilla pintada, tal vez para poder pararlos como estatuas de los muertos. Este respeto para los antepasados y el repetido empleo de cementerios fijos podrían indicar que los grupos de Chinchorro estaban empezando a establecerse en lugares específicos y recurrían a las elaboradas prácticas de entierro para establecer sus derechos ancestrales en esos territorios. Aunque las momias se conservan mejor en el clima ligeramente más seco de Chile, la Dra. Karen Wise ha descubierto rastros de entierros estilo Chinchorro en el sitio de Villa del Mar, en la desembocadura del río Ilo, y en Kilómetro 4, en un manantial seco a la orilla del mar al norte del río.
Los habitantes del Sitio Anillo empezaron a emplear piedras para moler semillas hace unos 5,000 años, diversificando así su dieta mediante la incorporación de un mayor número de plantas terrestres. Al norte del río, gente se asentaron en los manantiales de Carrizal y Kilómetro 4. Aunque principalmente dependían del mar, ellos también ampliaron su dieta a incluir mayor variedad de vegetales, y empezaron a recolectar algodón para fabricar redes y confeccionar textiles como taparrabos y frazadas.
Aproximadamente por la misma época, los habitantes del Sitio Anillo construyeron el anillo de conchas, posiblemente como obra ceremonial o monumental. Paralelamente, en Kilómetro 4 fue enterrado un hombre de unos 45 a 50 años junto con más de dos docenas de objetos, entre los que se encontró cuentas de piedra, una punta de proyectil, conchas, por lo menos seis textiles diferentes, una bolsa de cuero, una rama de una planta no identificada, y otras ofrendas, muchas de ellas probablemente relacionadas con el empleo de drogas alucinógenas.
Estas modificaciones de la dieta y del ritual se producen aproximadamente en el mismo período que en la sierra de Asana se empieza a enfocar más en la recolección de plantas y realizar elaboradas ceremonias, lo que posiblemente reflejaría una tendencia que progresivamente ganaba terreno en toda la región.
Los primeros agricultores costeños
Por lo menos desde 200 años AC, y posiblemente tan temprano com 1000 AC, los ocupantes de las zonas próximas a manantiales costeros como Carrizal habían empezado a plantar y cosechar el maíz. El Dr. Garth Bawden encontró cantidades de mazorcas carbonizadas de maíz en sus excavaciones allá. La agricultura liberó a las poblaciones de su dependencia de los productos marinos y les permitió establecerse en el valle de Ilo, apartándose hasta unos 20 kilómetros del mar. El Dr. Bruce Owen ha demostrado que hacia el año 100 AC los habitantes del valle de Ilo ya cultivaban grandes extensiones de maíz, frijoles, yuca y otras plantas, como algodón y calabazas. La transición a la agricultura probablemente fue gradual y surgió del creciente empleo de plantas silvestres desde el año 3,000 AC. Quienes vivían cerca del mar siguieron pescando, todos los agricultores continuaron con sus costumbres de cazar en las lomas y recolectar plantas silvestres, y por lo menos los que habitaban en el valle de Ilo empezaron a criar cuyes como fuente de alimentación y llamas para tener lana, carne y probablemente como medio de transporte de carga.
Algunas de las primeras aldeas de agricultores eran extensas, dando albergue a cientos de residentes. Los habitantes de los manantiales costeros construían sus casas de paredes de caña, con rústicos cimientos de piedra. En el valle se construían chozas sin cimientos de un tipo distinto de carrizo encima de terrazas, con sólidos muros de contención hechos de piedra.
Los primeros agricultores fueron también los primeros alfareros de la región. Las vasijas les resultaban prácticas para hervir tubérculos y otras plantas. La cerámica temprana era sencilla, de forma redondeada y boca ancha, posiblemente siguiendo el modelo de las calabazas que durante miles de años se habían usado de vasijas. Casi todas sus ceramios tienen el exterior quemado y empastado de hollín que se les pegó mientras se los usaron para cocinar en un fogón. El tamaño bastante grandes de muchas de estas ollas sugiere que los agricultores frecuentemente cocinaban para mucha gente, de diez a cuarenta personas a la vez.
Cuando morían, la mayoría de estos agricultores tempranos eran enterrados en fosas sencillas, cubiertos apenas con una estera de paja y acompañados de una o dos vasijas. Sólo algunos recibían un tratamiento especial: sus cadáveres eran seccionados en varios pedazos grandes y colocados en una pequeña fosa cilíndrica, cubierta con un techo de caña, en un cementerio especialmente reservado para este tipo de entierros. Sobre la tumba construían un montículo con capas sucesivas de tierra, piedras y pajas que se elevaban de uno a varios metros de altura. Bajo uno de estos montículos se encontró el cuerpo de un niño que había muerto a los tres o cuatro años de edad. Este tipo de entierro pudo reservarse a personajes especiales, como los jefes o chamanes, pero también podría haber sido un tratamiento ritual ante una muerte con malos augurios o en otras circunstancias especiales.
Los primeros agricultores en la sierra
Casi al mismo tiempo que aparecen los agricultores en la costa y en la parte costera del valle, otros habitantes de la zona empiezan a practicar la agricultura en el valle medio de Moquegua. Los Huaracane, como se les conoce, se parecen mucho a los agricultores de la costa, pero debido a la antigua división entre los grupos de la costa y los de la sierra, no sorprende encontrar algunas diferencias. Igual que los agricultores tempranos de la costa, los Huaracane vivían en aldeas de gran extensión construidas en terrazas. Su alfarería utilitaria era también sencilla, pero fabricaban además delicados cuencos de fino acabado, probablemente para servir la comida.
Los Huaracane compartieron la costumbre de enterrar a ciertos de sus muertos bajo montículos mortuorios, pero el Dr. Paul Goldstein ha demostrado que además tenían otra forma de entierro, que muy probablemente destinaban a personajes importantes. Estas tumbas en forma de bota constaban de un pozo vertical profundo y estrecho, al fondo del cual había una cámara lateral donde se colocaba el cuerpo y los ceramios y otros objetos de compañía, como cucharas de madera tallada y otros artefactos decorados. Poco usuales, estas tumbas podrían ser indicio del comienzo de una clase de dirigentes.

Tiwanaku coloniza Moquegua
Mientras que los aldeanos de los segmentos costero y medio del valle de Moquegua siguieron dedicados a la agricultura durante siglo tras siglo, el distante pueblo altiplánico de Tiwanaku se convertía en una enorme ciudad poblada no sólo por agricultores sino también por artesanos especializados, administradores y sacerdotes. Construida alrededor de un área ceremonial de proporciones monumentales, con edificios de piedra tallada, plazas hundidas y plataformas elevadas, la ciudad fue sustentada por amplias zonas agrícolas en sus alrededores, así como la pesca en el lago Titicaca y la ganadería.
Alrededor del 600 DC, el creciente estado Tiwanaku estaba emplazando colonos en los valles más cálidos de las faldas orientales y occidentales de los Andes para producir maíz, coca, ají y otros productos agrícolas de las zonas bajas para abastecer al altiplano. Una de las colonias más importantes fue el valle medio de Moquegua.
En la fase inicial Omo, los colonizadores de Tiwanaku se asentaron en algunas aldeas en la margen oriental del valle, en lugares abiertos y expuestos, cerca de manantiales. Los Huaracane asentados en el lugar compartían el valle con los colonos Tiwanaku en una relación aparentemente pacífica. El Dr. Paul Goldstein ha realizado excavaciones en el mayor de estas aldeas tempranas de Tiwanaku, en donde aparentemente vivían 500 personas en ligeras casas de varias habitaciones, construidas con telas o pieles colgadas en postes. Por lo menos una de estas estructuras fue utilizada como recinto para libaciones rituales pues allí se ha encontrado grandes vasijas para fermentar chicha, incensarios, pigmentos rojos que se habrían utilizado para maquillaje y fragmentos de un juego de copas negras modeladas con caras prácticamente idénticas.
Los colonos de la fase Orno mantenían una estrecha relación con el altiplano, empleaban cerámica y textiles con motivos Tiwanaku y probablemente intercambiaban comida y otros productos con los habitantes de su centro urbano de origen.
Una pequeña aldea de la fase Orno explorada por el Dr. Bruce Owen era diferente de las otras. Ubicada en el valle de Torata, distante de los demás colonos Tiwanaku, este lugar presentaba un complejo de muros de piedra y adobe que rodeaba tres plazas rectangulares subiendo la falda del cerro, con un pequeño recinto adosado al muro superior. Construida al pie de Cerro Baúl, imponente montaña que se sigue hasta hoy día reverenciando como huaca o lugar sagrado, dicha estructura probablemente era la primera construcción de tipo ceremonial levantada para adorar a la imponente formación natural.

Wari construye un puesto de avanzada en Cerro Baúl
Tiwanaku no fue el único estado urbano de los Andes. Al mismo tiempo que Tiwanaku enviaba sus colonos, el sitio Wari, bastante más al norte en la zona de Ayacucho, se expandía rápidamente para convertirse en un intrincado complejo urbano de edificios de múltiples pisos. Wari también enviaba sus colonos y constructores a los confines de los Andes. A diferencia de Tiwanaku, que establecía colonias en lugares bien ubicados para permitirles abastecer a la capital con alimentos, el estado Wari construyó centros dispersos por los Andes, muchos de los cuales se encontraban demasiado apartados para cumplir propósitos agrícolas. La mayoría de estos centros estaban formados por un solo complejo enorme construido en el estilo Wari estandarizado, frecuentemente con muchas habitaciones pequeñas con evidencias de haber servido de barracas para trabajadores o soldados. Sean como sean sus propósitos, estos centros se encuentran en prácticamente toda la sierra del actual territorio peruano.
Por el sur, Wari parece haberse extendido sólo un poco más allá de Arequipa, con una única excepción. Alrededor de 650 DC, el estado Wari construyó su complejo más septentrional en la cima de Cerro Baúl, mucho más allá del resto de su área de influencia. Cerro Baúl es una fortaleza natural, y los varios sitios satélite de estilo Wari que lo rodean se encuentran en posiciones de fácil defensa, generalmente protegidos por macizos muros de piedra. Cerro Baúl está localizado justo fuera de la zona agrícola Tiwanaku, en el valle medio de Moquegua, donde probablemente se asentaron los colonos de la fase Orno durante un breve período antes de la llegada de Wari. Sólo los colonos localizados en el templo de la fase Omo habrían tenido contacto directo con los Wari, quienes por su parte parecían haber esperado una recepción hostil.
Los edificios en la cima de Cerro Baúl incluyen cuartos rectangulares alargados, de paredes altas, dispuestas alrededor de patios, como es típico del estilo Wari. También comprenden la característica estructura en forma de "D" que se encuentra en tantos lugares Wari y que parece haber servido como área ceremonial. El resto del asentamiento está cubierto por casas rústicas de piedra. Las excavaciones del Dr. Robert Feldman muestran que por lo menos uno de los edificios más refinados se usó para almacenar, servir y beber chicha en vasijas muy decoradas, probablemente como parte de ceremonias rituales o cortesanas. En la zona rústica del asentamiento, la población se ocupaba de preparar la chicha y fabricar cuentas y textiles.
Aún no se ha determinado el propósito de esta fortaleza intrusa. Cerro Baúl está muy alejado para abastecer de alimentos a la capital. Su posible función como centro de control de la zona abastecedora de piedra obsidiana, de gran valor, ha sido igualmente descartada por los estudios de campo y las pruebas de laboratorio. Que haya servido como centro de producción de cobre para la capital Wari queda descartado, porque no se han encontrado escoria, cantidades significativas del mineral, herramientas de trabajo, hornos, productos no terminados ni nada similar en ningún lugar Wari del área, así como tampoco en las zonas del valle donde tendrían que encontrarse las minas. Cerro Baúl podría haber servido para controlar una cantera de ónix en el valle de Torata, pero tampoco hay rastros de arquitectura o artefactos de estilo Wari en el lugar.
De otro lado, Cerro Baúl podría haber sido un centro comercial y, de hecho, se ha encontrado algunos fragmentos de cerámica Wari en varios lugares Huaracane, lo que sugiere algún intercambio con los habitantes locales. Fragmentos de ónix y piedra azul empleados en las cuentas que fueron encontrados en el área residencial podrían haber sido obtenidos mediante el trueque. Pero resulta más probable que Wari haya ocupado Cerro Baúl para poner el límite o defender la frontera contra la creciente expansión de Tiwanaku, o para apropiarse de un lugar sagrado que ya era reverenciado por los colonos de la fase Orno. Tal vez el asentamiento cumplió simultáneamente varios de estos roles.
El Dr. Paul Goldstein ha señalado que la cerámica empleada por los colonos de la fase Orno es bastante diferente de la que emplearon los colonos Tiwanaku más tardíos. La diferencia podría indicar una brecha en la ocupación Tiwanaku en el valle medio de Moquegua. Los colonos de la fase Orno podrían haberse retirado del área mientras Wari todavía ocupaba la plaza fuerte de Cerro Baúl. Esto explicaría por qué en los lugares Tiwanaku no se encuentran artefactos Wari contemporáneos con los de Cerro Baúl, ni artefactos Tiwanaku en los lugares Wari. Si permanecieron en el área, los colonos Tiwanaku pueden haber tenido escaso contacto con los Wari, menor aún que los agricultores Huaracane que ocupaban las inmediaciones.
Aunque la ocupación de Cerro Baúl duró lo suficiente como para permitir remodelaciones sucesivas de varias áreas, el complejo aparentemente nunca fue terminado. Se habían marcado algunas áreas pero todavía no se habían construido los edificios cuando se produjo un gran incendio alrededor del año 800 DC. Este incendio no fue accidental pues toda la cerámica finamente decorada que se encontraba en los edificios fue rota y lanzada contra los techos de paja ardientes. Quizá los colonos Tiwanaku pudieron haber regresado o haberse rebelado contra los intrusos Wari, o tal vez los mismos Wari destruyeron el lugar cuando lo abandonaron. La ciudadela natural de Cerro Baúl no volvió a ser ocupada nuevamente durante varios siglos.
El regreso de los colonos Tiwanaku
Después que Wari abandonó Cerro Baúl, los colonos Tiwanaku de la fase Chen Chen regresaron en mayor número que antes. Tiwanaku se acercaba a su máxima extensión política y económica. Esta vez los colonos construyeron impresionantes canales para irrigar amplias zonas del desierto donde producían maíz, frijoles, calabazas, maní y otros cultivos que enviaban en caravanas de llamas a la capital altiplánica. Chen Chen, el mayor asentamiento, estaba rodeado de cementerios que eventualmente albergaron hasta 13,000 entierros en fosas simples y tumbas cilíndricas con revestimiento de piedra. Partes de estos cementerios fueron excavados en un gran proyecto de la Lic. Bertha Vargas, y otros partes por un proyecto menor de Dr. Bruce Owen.
Aunque los colonos de la fase Chen Chen establecieron una nueva aldea cerca del antiguo templo en las faldas de Cerro Baúl, el valle de Torata siguió aislado de la mayor parte de los colonos Tiwanaku que ocupaban la parte media del valle de Moquegua. El Dr. Paul Goldstein ha demostrado que los colonos de Chen Chen llegaron a construir un nuevo templo casi del doble de las dimensiones del antiguo, aguas abajo de Moquegua, en Omo. Aunque en líneas generales seguía el plan general del templo de Cerro Baúl, el nuevo era mucho más elaborado y presentaba piedra tallada con gran precisión, pisos de arcilla roja, muros pintados de rojo, verde, amarillo y blanco, una empinada escalinata que llevaba hasta una entrada monumental y, en el recinto más elevado, una plaza hundida rectangular de estilo Tiwanaku con evidencia de que hubo un monolito en el centro. Como ha señalado el Dr. Goldstein, no sería coincidencia que la parte superior del templo sea uno de los pocos lugares del valle medio desde donde se aprecia Cerro Baúl.
Si bien el templo antiguo pudo haber sido construido por unos cuantos aldeanos, el nuevo debe haber sido una obra emprendida por el estado Tiwanaku. Puesto que se trata del único lugar fuera de la cuenca del lago Titicaca donde hay un templo Tiwanaku, el valle medio del Moquegua tiene que haber sido una provincia importante del imperio y la capital altíplánica debe haber estado íntimamente involucrada en su gobierno.
Mientras tanto, en la costa
Ni Tiwanaku ni Wari parecen haber estado particularmente interesados en ocupar los manantiales costeros ni la zona costera del valle. Los colonos del valle medio tal vez intercambiaban pescado, conchas y moluscos con la costa pero aparentemente el contacto fue mínimo. De hecho, la población del valle costero parece haber disminuido drásticamente durante este período, tal vez debido a que las irrigaciones de Moquegua y Cerro Baúl redujeron el caudal del río costeño al punto de hacerlo difícil cultivar en el valle.
La caída de Tiwanaku
Alrededor del año 1000 DC, el estado altiplánico de Tiwanaku se derrumbó súbitamente. El Dr. Alan Kolata ha demostrado que una larga y aguda sequía disminuyó el nivel del lago Titicaca, secando los campos alrededor de Tiwanaku y privando al estado de su sustento económico. La crisis alimentaria del altiplano produjo una crisis social en Moquegua. Posiblemente Tiwanaku incrementó sus exigencias de envíos de alimentos o no lograba enviar suficientes productos y servicios en compensación. Con un caudal reducido debido a la sequía, la situación empeoró aún más.
La violencia irrumpió en Moquegua. El templo de Omo fue saqueado, los muros fueron derrumbados y los bloques de piedra tallada destrozadas en la plaza. No contentos con destruir el emblema de la religión oficial, los pobladores arrasaron las aldeas de la fase Chen Chen. En lugar de simplemente saquear las aldeas, se dieron el trabajo de sistemáticamente reducirlas a pilas de desmonte con cólera que recuerda a la que los romanos pusieron al echar sal a la tierra de Cartago. Resulta aún más extraño que hayan sido los mismos colonos de Chen Chen quienes se abocaron a tal tarea, tal vez teniendo como blanco las aldeas rivales tras la caída del control gubernamental.
Dispersión de los antiguos colonos
Abandonados en Moquegua en medio de un clima de conflicto, los colonos se quedaron sin un estado Tiwanaku que pudiese garantizar la paz. Muchas familias de colonos probablemente habían vivido durante varias generaciones en Moquegua, y como la situación en el altiplano era igual o peor, no les quedó más alternativa que quedarse en la región. Las aldeas Chen Chen ya establecidas se encontraban en lugares abiertos y planos, cercanos a los terrenos agrícolas del valle medio, que por ser imposibles de defender fueron rápidamente destruidos.
Los ex colonos abandonaron estas aldeas y se trasladaron a lugares de más fácil defensa, protegidos por colinas, ubicadas en las empinadas faldas de los cerros, o rodeadas de muros para protegerse de los ataques. Atrás quedaron los canales y los campos irrigados de Chen Chen. Mil años después, todavía se puede ver los surcos de la última campaña agrícola. Probablemente esperando huir de la zona de conflicto y ganar nuevas tierras de cultivo y acceso a aguas de regadío, muchos abandonaron el valle medio y se establecieron bien hacia las alturas despobladas río arriba de Moquegua, o en el valle costeño de Ilo. Irónicamente, fue esta "fase Tumilaca" de dispersión la que propagó la tradición Tiwanaku a muchas áreas nuevas, recién después del colapso del imperio. Sin un estado unificador, cada parte del valle parece haber vuelto un distrito independiente cuyos pobladores tenían relación principalmente con las aldeas de los alrededores. Cada una de estas áreas, parcialmente aislada de las demás, empezó a desarrollar su propia variación de los antiguos estilos Tiwanaku de alfarería, arquitectura, vestimenta y otros elementos.
Tumilaca y Chiribaya en el valle costero
Con la caída del estado Tiwanaku, los antiguos colonos ya no tenían que producir alimentos adicionales para enviar a la capital altiplánica. Abandonaron entonces sus campos cerca de Chen Chen, y el agua que antes habían desviado para irrigarlos retornó por el río al valle costero de Ilo. Después de siglos de haber estado casi abandonado, el valle costero nuevamente atrajo a los agricultores que fundaron numerosas aldeas pequeñas en la zona durante la fase Tumilaca.
Estos colonos no fueron los únicos en trasladarse al valle costero. Aproximadamente en la misma época los Chiribaya establecieron aldeas desde la desembocadura del río hasta unos 25 kilómetros tierra adentro. Los Chiribaya son conocidos por su cerámica elaborada, con coloridos diseños geométricos y sus magníficos textiles decorados que tienen un estilo muy diferente de los que existían antes en la zona. No sabemos con exactitud dónde y cómo se desarrollaron, pero lo cierto es que los Chiribaya fundaron muchas aldeas desde el río Tambo por el norte hasta el valle de Azapa en el sur, y entrando la sierra hasta Moquegua.
Hay indicios de que, además de los colonos de Tumilaca y Chiribaya, por lo menos otros cuatro grupos menores con distintos estilos de cerámica y costumbres funerarias también se asentaron en uno o dos aldeas cada uno en el valle costeño. Dos de estos grupos eran antiguos colonos Tiwanaku del valle medio de Moquegua o de otros valles al norte o sur, mientras que los otros dos parecen estar más relacionados con los Chiribaya y con la cultura Churajón de Arequipa.
Los Chiribaya, Tumilaca, y otros tipos de aldeas estaban entremezclados a lo largo del valle, frecuentemente muy cercanos una a otra. En contraste a los asentamientos defensibles en el valle medio y las valles superiores, casi todos los sitios en el valle costeño se ubicaron cerca al fondo del valle y carecieron de murallas. Este combinación de distintos grupos sociales aparentemente compartió el valle pacíficamente.
Las excavaciones del Dr. Bruce Owen en aldeas Chiribaya y Tumilaca muestran que los nuevos pobladores mantenían los mismos productos básicos que los agricultores que los precedieron, como maíz, yuca, frijoles, algodón para hilados y redes, y calabazas para hacer mates. También aumentaron las cosechas con otros cultivos como achira, zapallo, lúcuma, guayaba, pacay y coca. Los pobladores que vivían más cerca del mar comían más pescados y mariscos. Parece que todas las aldeas tenían rebaños de llamas, aunque aquellas situadas más cerca de los bosques de niebla en las lomas se habrían concentrado en la ganadería. Igualmente criaban cuyes y perros.
Los colonos aparentemente ocuparon pronto toda la tierra agrícola del estrecho fondo del valle, porque tuvieron que construir un canal de casi siete kilómetros para irrigar algunas terrazas naturales muy por encima del nivel del río. Buena parte del canal atraviesa caras empinadas de roca madre, por donde el cauce fue parcialmente cortado en la roca y parcialmente apoyado por altos muros de contención. Puesto que tanto las aldeas Tumilaca como las aldeas Chiribaya parecen haberse beneficiado gracias al canal, la obra podría haber sido emprendida de manera conjunta.
En Chiribaya y Tumilaca las familias vivían en casas de caña, de forma rectangular, pero el diseño era diferente en cada caso. Los Tumilaca vivían en estructuras ligeras e independientes de una o pocas habitaciones, en medio de un espacio abierto. La vivienda Tumilaca más amplia que se conoce en el valle costeño tenía cuatro habitaciones de dos por cinco metros aproximadamente, con dos habitaciones para la cocina apoyadas contra una pared exterior. El Mag. David Jessup, la Lic. Ana Miranda y otros investigadores han demostrado que, por el contrario, las familias Chiribaya vivían en grandes complejos rectangulares rodeados de sólidos muros perimétricos de caña, dentro de los cuales construían un laberíntico complejo de habitaciones y patios unidos por largos y estrechos corredores. La evidencia arquitectónica y las grandes cantidades de desechos domésticos también sugieren que las casas Chiribaya fueron ocupadas durante mucho más tiempo que las residencias de la fase Tumilaca. Aparentemente, los Chiribaya vivían en unidades familiares más amplios y permanentes.
Los colonos Tumilaca en la costa
Los colonos Tumilaca en la costa se vestían con camisones sin mangas que les llegaban hasta los muslos. De confección sencilla en lana marrón, probablemente las anudaban en la cintura con una correa o cordón. A veces decoraban sus camisones, bolsas y correas con unas cuantas franjas bordadas, y de vez en cuando usaban telas cubiertas de rayas delgadas de hasta siete colores. A diferencia de sus vecinos los Chiribaya, los Tumilaca rara vez usaban gorros. Tanto hombres como mujeres lucían elaborados peinados de trenzas.
Los agricultores Tumilaca siguieron fabricando ceramios de tradición Tiwanaku pero con menos cuidado, con diseños simplificados y confusos. Lo mismo se aplica a las cucharas de madera, los mangos de los cuales en la época Chen Chen eran muy elaborados, pero que los Tumilaca redujeron a sencillas siluetas.
Ninguna de las aldeas Tumilaca destaca como para haber sido la capital. Todos los entierros Tumilaca conocidos contenían el mismo rango reducido de una o dos vasijas, hasta un par de canastas y algunos otros objetos, lo que sugiere que entre los Tumilaca no había ricos ni poderosos.
Los Chiribaya
Los Chiribaya presentan un panorama bastante diferente. Si bien algunos fueron enterrados en fosas sencillas con pocos objetos y tejidos simples, otros recibieron sepultura en tumbas rectangulares con docenas de cerámicas de buena factura y compleja decoración, así como tejidos de colores brillantes, sombreros, plumas, canastas, objetos de madera y cuero, cobre y oro, alimentos y coca, y en un caso de un importante personaje masculino, dos acompañantes mujeres. Entierros tan inusuales e ricos sugieren que la sociedad Chiribaya era gobernada por poderosos jefes.
De la misma importancia eran los numerosos entierros en muchas aldeas que abarcan todo el rango, desde los extremadamente pobres hasta los opulentos, lo que apunta a la existencia de una amplia clase media y alta que convivía con los agricultores comunes. La cantidad y calidad de la fina cerámica Chiribaya, sus tejidos y otros bienes sugieren que existía una clase de artesanos especializados, posiblemente apoyados por miembros de una rica élite. Los productos de los artesanos, lejos de estar limitados a las residencias de los más ricos, se encontraban entre mucha de la población. Todos, fuera de los Chiribaya más pobres, usaban y rompían en sus hogares los bellos productos de los alfareros.
Los entierros más impresionantes fueron encontrados por el proyecto de la Dra. Jane Buikstra en Chiribaya Alta. Este es el único sitio Chiribaya en el valle costero que fue evidentemente defensivo, por encontrarse en el borde abrupto del valle y rodeado de un banco alto de tierra y una zanja. Dentro de la muralla estaban muchos complejos residenciales grandes, mientras que cementerios extensos estaban distribuidos por dentro y especialmente afuera de las defensas. Sin duda, se trata de la sede del poder regional y la residencia de una poderosa clase dirigente.
Relaciones cambiantes en el valle costero
Cuando la gente repobló por primera vez el valle de la costa, los colonos Tumilaca probablemente eran más numerosos que los Chiribaya. No había tanta disparidad en la riqueza enterrada en tumbas, y Chiribaya Alta quizá no era más que una aldea con buena reputación donde se enterraba a los Chiribaya y Tumilaca más afortunados. Sin embargo, con el paso del tiempo, la población de Chiribayas aumentó rápidamente y se dedicó a producir bienes cada vez más sofisticados y valiosos. Empezaron a enterrar a algunos de sus muertos con grandes muestras de riqueza, que sugiera el desarrollo de una sociedad más compleja. Por su parte, la población Tumilaca disminuyó, su producción de alfarería era siempre más rudimentaria y menos de sus tejidos con ornamentos. Los grupos menores de inmigrantes desaparecieron completamente.
Aunque siguieron usando sus propios cementerios en las aldeas, los descendientes de los colonos Tumilaca dejaron de enterrar a sus muertos en Chiribaya Alta, por lo que parece que fueron excluidos de las clases sociales altas. Con tiempo, los Chiribaya construyeron el banco y zanja defensivos alrededor de Chiribaya Alta para proteger a la élite adentro. Alrededor del año 1,250 DC ya no quedaban descendientes de los colonos Tumilaca en el valle costero. Tal vez los Tumilaca se asimilaron a los Chiribaya por matrimonio u otros medios, quizá se trasladaron fuera del valle o sencillamente, al reducirse el número de sus familias, desaparecieron gradualmente.
El fin de los Chiribaya
Los Chiribaya prosperaron en el valle costero hasta aproximadamente el año 1,350 DC, cuando las lluvias torrenciales provocadas por la corriente de El Niño azotaron los Andes septentrionales. El Dr. Michael E. Moseley ha demostrado que los campos y canales de riego en el fondo del valle costero fueron arrasados por grandes inundaciones y deslizamientos de tierras que destruyeron el canal principal, cubrieron de lodo las tierras de cultivo ganadas a la naturaleza y sepultaron muchas aldeas Chiribaya. Muchos habitantes Chiribayas deben haber perecido en esta catástrofe. Con sus casas y campos destruidos, los sobrevivientes debieron haber quedado expuestos a las inclemencias del tiempo, el hambre y las enfermedades. Aunque las Chiribaya lograron reconstruir algunos de sus terrenos de cultivo y aldeas, la población nunca se recuperó y finalmente fueron absorbidos por la siguiente ola de inmigrantes que llegó al valle costero.
Fortalezas en las alturas
Alrededor del año 1,200 DC la mayor parte del territorio andino comenzó un período de constantes ataques y guerras. Moquegua no escapó al fenómeno. La población que conocemos como los Estuquiña empezó a construir ciudadelas amuralladas en las cimas de los cerros más prominentes y crestas rocosas del valle medio y superior de Moquegua. Mucho más fáciles de defender que los asentamientos de la fase Tumilaca, estas densas aglomeraciones de casas rectangulares de piedra eran verdaderas fortalezas, a menudo rodeadas de dos altos muros paralelos con estrechas entradas, separados por un terreno vacío. Tenían parapetos desde donde los defensores podían usar sus hondas para lanzar piedras, acumuladas en pequeños montículos a lo largo de la muralla. Zanjas con lados verticales y muros adicionales bloqueaban las rutas de acceso. Debido a que las fortalezas dependían del agua de los canales, fácil presa de una fuerza atacante, éstos parecen haber sido diseñadas para repeler ataques cortos antes que para soportar el asedio prolongado de un ejército de conquista. Es probable que los atacantes hayan sido pobladores de otras aldeas Estuquiña.
A lo largo de los muros de los poblados y las rutas de acceso se encontraban monumentos cilíndricos de piedra, desde pequeñas plataformas planas hasta macizas torres de tres metros de diámetro y casi de la misma altura. En cada una de estas chullpas habían huesos y ofrendas funerarias de numerosos ancestros de uno y otro sexo y diferentes edades, posiblemente de una misma familia. Tal vez tenían el propósito de sentar reales sobre un área o para infundir temor en el ánimo de los atacantes. Las tradiciones arquitectónicas y funerarias así como el estilo de alfarería relativamente tosco sugieren que la cultura Estuquiña proviene por lo menos en parte del Altiplano.
La población Estuquiña creció mucho más que las anteriores y llegó a cubrir toda la región, hasta el valle costero y los manantiales cerca del mar. Para alimentar tan grande población de los valles superiores, construyeron andenes en las faldas de los empinados cerros con sólidos muros de contención, equipados con redes de canales de distribución y reservorios alimentados por largos canales de irrigación sobre un accidentado terreno. Muchos de los canales y campos agrícolas que se siguen utilizando hoy en día en los valles superiores fueron acondicionados por los Estuquiña.
Las excavaciones de los doctores Don Rice, Geoffrey Conrad, Charles Stanish y el Mag. Antonio Ribiero muestran que las terrazas servían principalmente para cultivar maíz, parte del cual podría haber sido intercambiado por pescado, coca, y otros productos de la costa, y por charqui, papas, u otras especialidades del altiplano. A mediados del siglo XV, este intercambio aparentemente puso a los Estuquiña en contacto indirecto con el naciente estado Inka del norte, ya que empezaron a emplear un poco de la cerámica Incaica y un número cada vez más abundante de pequeños artículos de cobre, como tupus o prendedores, que se producían y distribuían más extensamente por los territorios bajo control de los Inkas.
Los Inkas asumen el control
A fines del siglo XV los ejércitos del Inka Mayta Cápac conquistaron la cuenca del lago Titicaca y luego se dirigieron a Moquegua. Según el cronista Garcilaso de la Vega, el Inka mantuvo bajo asedio una fortaleza Estuquiña que podría haber sido Cerro Baúl, aunque también hay otras posibilidades igualmente buenas. Garcilaso sostiene que después de derrotar a los Estuquiña, el Inka mandó construir un pueblo llamado Cuchuna en las faldas del cerro de la fortaleza y otro pueblo que llamó Moquegua.
El asentamiento Incaico de Moquegua prácticamente ha desaparecido por las diversas ocupaciones de la ciudad a lo largo de su historia, pero recientemente se encontró fragmentos de cerámica Inka cerca de la Plaza de Armas donde se realizaban excavaciones para colocar tuberías de desagüe. Cuchuna probablemente sea la ruina Inka de Sabaya, sumamente deteriorada, donde se aprecia edificaciones típicamente Incaicas, una plaza y un pequeño ushnu, o montículo ceremonial.
Además de los dos nuevos pueblos, los Inkas erigieron varios otros asentamientos en los valles superiores, construyeron caminos o remodelaron los existentes conectando los pueblos con la costa, el altiplano y otros valles. Construyeron también un pequeño complejo de almacenes, o colca, al lado del camino principal en una zona extensa de andenes. Gran parte de la mano de obra para las edificaciones y para llenar los almacenes de los Inkas hubiera sido proporcionada por los Estuquiña, a quienes se habría obligado a abandonar sus fortalezas y trasladarse a aldeas de las zonas bajas donde representaban menos peligro para el imperio. Los Inkas no recurrieron exclusivamente a la fuerza bruta, sino que también fomentaron la cooperación de los caciques Estuquiña por concederles valiosos tejidos, cerámica, y objetos de metal. Asimismo, recompensaron a muchos hombres Estuquiña a través de sus ceremonias públicas, en la que se bebía ingentes cantidades de chicha.
Los Inkas se interesaban sobre todo en la producción de maíz en los valles superiores, y indicios de su presencia en las zonas aguas abajo de Moquegua son escasos. Unos pocos entierros Incaicos en el valle costero y cerca de los manantiales sugieren que los Inkas posiblemente obtenían pescado u otros recursos típicos de la costa en dichos lugares, pero aparentemente el Imperio Inka no tuvo un gran impacto en la población Estuquiña de la costa. Los cambios que iban a transformar toda la región más profundamente de los Inkas, traídos por la conquista Española y la conversión obligada de la agrícultura tradicional a las plantaciones comerciales para la producción de vinos, pisco y aceitunas, todavía quedaban en el futuro.
Créditos y agradecimientos
El rico pasado de la región de Moquegua ha sido redescubierto a través de décadas de trabajo duro por muchos arqueólogos, extranjeros y Peruanos, por mucho demasiados a enumerar aquí. Sus investigaciones han sido generosamente apoyadas por agencias locales del estado, becas extranjeros para investigaciones científicas, y especialmente por Southern Peru Copper Corporation, a través de su apoyo de largo plazo del Programa Contisuyo y la Asociación Contisuyo.
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Revisada: 2 Setiembre 2004